domingo, 4 de enero de 2015

itinerario














Cuando el sol hincaba los primeros
arpones del día en los abrojos,
hora brusca e imprudente,
bajaban decenas de catarros indefensos
desde lo alto de la paramera.

Bufanda de vapor al cuello
y afilado jersey, solíamos cogerlos
con franca habilidad
a la par que esperábamos 
el autocar del solsticio.

Así volvíamos al internado, 
cada uno con su pasmo,
luciendo tos y un desmedido
nivel de mercurio, y varios bultos de equipaje,
y el orgullo
de los cigarros fumados junto al río
en presencia de las chicas.

Era grato darse al sueño
arrullados por la grava, y despertar desvencijados
en los parajes de anís de enero, 
con aquel aliento a horno y saliva,
ajena y verde, aún por madurar.

Después sabríamos
que crecer era otra cosa: descubrir
un año cualquiera
que la humedad del humo de la infancia,
tan agradable, procedía de las fábricas.



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